Entes metafísicos
Puedo comprenderla. Es común escuchar entre los desinformados relacionar Metafísica con quinta dimensión, con los planos divergentes de donde vienen los seres del bajo astral o habitan los ascendidos. O donde tiene lugar la rueda de las transmigraciones.
No obstante, eso mismo, esta es la hipótesis de los desinformados. Por mi parte, después de leer un poco más, voy a dejar la noción de lo que he comprendido al respecto.
Metáfisica, más allá de la Física. En sus inicios, a decir de Adorno, la disciplina se relacionó con la mitología. La Metafísica como lo que intentó dar explicación a lo creado o dispuesto por los dioses. No obstante, hay que distinguirla de la simple religión. Al intentar dar explicación no hay que confundir el hecho metafísico con el religioso. Religión es dogma, es fe en lo que señala el sacerdote, en lo que impone el credo. Metafísica es tratar de explicar, racionalmente, los fenómenos que no se pueden evidenciar directamente a través de los sentidos.
Platón lo tenía muy claro. Metafísica, aunque por entonces aún no se había acuñado el término, es el mundo de las Ideas. Hay ciertos conceptos que no se pueden explicar desde la experiencia, pero están ahí, como la noción de bondad, la belleza, la perfección. Si tenemos una noción de lo que es bello, y ese ideal de belleza aparenta aparecer como algo innato y común a las diferentes personas, necesariamente tiene que haber una entidad superior, la Idea suprema de belleza, de la cual el mundo que vemos y observamos sea como una sombra al fondo de la caverna.
Aristóteles también lo tenía claro. Él no barajaba un mundo ideal, más bien basaba su pensamiento en la observación de lo que existe. Pero sí que constató cuestiones, bases de la Metafísica, que en su tiempo no podían deducirse directamente de lo observable. Especialmente versaban sobre los orígenes, como el inicio de la sucesión causa-efecto. Si todo efecto tiene su causa, y esa causa a su vez es efecto de otra, debe existir algo que en el origen pusiera en marcha el motor de la causalidad, que fuera la primera causa a su vez no causada.
Prosigo con el recorrido. Durante siglos la cristiandad se alimentó de estas nociones primigenias de Metafísica, y, como religión monoteísta, las aplicó para dar vueltas sobre la idea de Dios. El pensamiento metafísico medieval cristiano resultaba monotemático deambulando alrededor de la idea de Dios unas veces desde la perspectiva de Platón, otras desde la de Aristóteles. Como Santo Tomás de Aquino, que instituyó la necesaria existencia de Dios como “creador de sí mismo”, o “causa no causada”.
En el siglo XVIII el filósofo David Hume rompió con esta corriente de la metafísica, digamos, tradicional, aquella basada en nociones como Dios o alma. El pensador escocés se planteó la pregunta, ¿qué podemos conocer? ¿Hasta dónde podemos estar seguro de lo que conocemos sea real? Concluyó que si todo lo que conocemos procede de la experiencia, las entidades que la Metafísica trata de estudiar no son más que invenciones (a menos que podamos experimentarlas, como dicen los místicos que hacen).
En cualquier caso, con esta posición David Hume inauguró una corriente de crítica y derribo de dicha metafísica tradicional. Quizás uno de los más virulentos en esta postura fue Friedrich Nietzsche. Este pensador alemán de la segunda mitad del XIX directamente postuló a los entes metafísicos tradicionales como Dios o el alma como perversiones del lenguaje. Para él, a la par que hablamos nombramos cosas que no experimentamos con los sentidos, como Dios o el amor, y como las nombramos, y como nuestro pensamiento funciona por medio del lenguaje, se desarrolla con el uso de la palabra, se produce la falsa idea de que necesariamente deben existir. Como no se pueden constatar a través de los sentidos, se transforman en entes objeto de la Metafísica. Nietzsche instó a la necesidad de depurar el lenguaje de conceptos que definen realidades que no existen. Prácticamente definió el lenguaje como una cárcel de la que no podemos salir que invoca lo falso y lo irreal.
Ahora bien, frente a esta labor de crítica y destrucción, se instauraron paralelamente nuevas maneras de plantear la Metafísica lejos de lo divino.
David Hume trató de responder a la pregunta: ¿qué podemos conocer?, y para ello etiquetó al ser humano como alguien que percibe pasivamente. Nuestro conocimiento se forja a través de lo que percibimos con nuestros sentidos. Lo único real data de esa experiencia. Frente a esto, me muestro más de acuerdo con Kant que plantea que todo acto de conocer es activo. Existen ciertas nociones en nosotros, determinadas categorías a priori, que deforman y condicionan nuestra manera de conocer el mundo. Esto es, interpretamos aquello que percibimos bajo nociones que tenemos previamente asumidas como antes y después, aquí y allí, unidad, pluralidad y totalidad, o causa y efecto. Mas, si esto es cierto, cuando conocemos, estudiamos algo, no lo captamos tal como es en sí, sino tal como deformamos con nuestra observación. Por lo tanto, Kant distingue entre fenómenos, lo que experienciamos, y noúmenos, los objetos tal como son en sí. Como no podemos conocer fehacientemente, los noúmenos pasan a ser objeto de la Metafísica. Hasta tal punto que, entonces, todo es Metafísica.
Esta manera de pensar separa la Metafísica de las conjeturas sobre la divinidad y el alma, y la acerca a la teoría del conocimiento. Schopenhauer, en este contexto, tiene una definición de Metafísica como la disciplina que estudia aquello que no procede de la experiencia pero que es necesario para explicar los principios de la naturaleza. No somos capaces de percibir la cosa en sí, pero es necesario especular sobre ella para comprender mejor el mundo. En Kant esta especulación se desarrolla a través de la crítica de la razón, la razón como lo que nos permite conocer y que deforma la realidad. Schopenhauer continúa esta tesis pero modifica el principio que filtra lo que conocemos. Para él no es la razón el fundamento del ser humano, sino la “Voluntad”, la voluntad de vivir, la fuerza de los seres vivos de perpetuarse y sobrevivir, de no dejarse sumir en la nada, de persistir en la existencia.
Llegados a este punto, cabe hacer un inciso. Curiosamente, algunos de los planteamientos de la Metafísica, conforme ha transcurrido el tiempo, se han convertido en objeto de estudio de la ciencia. Aristóteles postulaba su Metafísica en los orígenes. Respecto al origen del universo se investiga el Big Bang como la causa no causada. En cuanto al estudio de la sustancia, de la esencia de las cosas, de lo que es en cuanto que es, la Ciencia ha reemplazado a la Metafísica al indagar sobre la constitución de la materia. Moléculas, átomos, neutrones, protones, quarks…
Del mismo modo, acerca de la Voluntad postulada por Schopenhauer, este pensador murió prácticamente a la par de que Darwin publicara su “Origen de las especies” y la teoría de la evolución. Más de cien años antes de que Richard Dawkins, con su gen egoísta, concibiera esa voluntad de vivir como un instinto que los genes, que son muy palpables y constatables, inducen en el individuo con el fin de reproducirse y perpetuarse.
Incluso, no sé qué pensar sobre la distinción que hace Kant entre fenómeno y noúmeno. Me da la impresión de que aunque poseamos una posición activa sobre cómo conocer, existen aparatos de medida, y foros de debate y discusión, que permiten reducir la subjetividad del conocimiento y acercarnos a la cosa en sí.
Y, para terminar, metiéndome en bretes que no me incumben, si lo espiritual, si acaso los eventos que he comentado de planos astrales, seres ascendidos, etc., existieran, si, como esgrimen algunos místicos, son hechos que son factibles de experimentarse o constatarse, y no solamente producto de la imaginación ferviente, en cuanto sean comprendidos y asimilados pasarían a ser física puesto que existen, y funcionan con leyes que podemos entender, como una extensión del mundo que vemos y sentimos.
Entonces, desde mi ignorancia, pregunto, ¿qué le queda a la Metafísica?
Haciendo recapitulación de lo expuesto. La ciencia ya estudia aquellos fenómenos que en un principio atribuíamos a Dios, y podría estudiar aquellos que hoy en día los desinformados tildan de metafísico. Hay extensiones de nuestro conocimiento, como los aparatos de medida, que nos permiten constatar realidades más allá de lo que con nuestra observación podamos visualizar. Cabe el peligro de que aquello que definimos con el lenguaje resulte en la perversión de creer que existe simplemente porque le hemos puesto un nombre.
Sin embargo, ahora llega el momento de poner un contraejemplo.
Este no es ni más ni menos que el Ser. La condición de ser algo y no la nada. ¿Qué es el Ser? Definamos el problema. Algo que no es sencillo, puesto que a veces tengo la sensación que en cuanto creo comprenderlo resulta que se me escapa. Aún así, trataré de darlo a entender. Los animales no cavilan sobre el Ser, el universo no entiende sobre el Ser. Son los observadores, aquellos que estudian y analizan la realidad, los que lucubran sobre el Ser. En cuanto el observador contempla lo que le rodea, en cuanto se hace consciente de su presencia en el mundo como ser consciente que contempla lo que le rodea, de ser alguien que estudia el medio y, conjunto con el medio, a sí mismo en dicho entorno, descubre el Ser como la constatación de su existencia en el lugar. Es la facultad de saber que se está en el mundo, es la consciencia de ser algo, que se sitúa en un territorio y lo transforma, frente a la posibilidad de no estar. Cuidado que esto no quiere decir que la pregunta sobre el Ser al final desemboque en una disquisición sobre las condiciones y hechos particulares de cada persona, sino sobre el Ser en general, inherente a cualquier entidad, sobre la facultad de ser en el mundo independientemente de nuestras circunstancias.
Por ejemplo, una de las propiedades inherentes al Ser es su finitud. Todos vamos a morir, residamos aquí o en la Cochinchina. Por ejemplo, preguntarse sobre el Ser, como algo finito, como un hecho que tendrá su final irremediable, tiene como una de sus consecuencias interrogarse sobre el sentido de la existencia. Preguntarse sobre el sentido de la existencia no es inherente a ninguna ciencia. Es posible que en psicología se aborde la cuestión en términos de depresión, de desánimo. Pero la psicología en sí no aborda la cuestión del sentido en sí.
Entonces, el Ser es un ente metafísico, imposible que llegue a ser físico. Esto me lleva a plantear una posible definición de lo metafísico como “palabras”. Mas, como indica un personaje de la trilogía de Matrix, lo importante no es la palabra sino las conexiones que arrastra esa palabra. El lenguaje deforma nuestro conocimiento, y lo hace planteando palabras, que nombran conceptos que a priori no forman parte de la realidad. Mejor dicho, llegamos a entreverlos. Como el Ser. Constato el Ser porque soy algo, pero la disquisición sobre el ser supera el ámbito de la experiencia y cabe entrar en el de la pura especulación racional. La pregunta sobre el Ser nos arroja sobre una serie de nociones sobre el Ser relacionadas entre sí de manera lógica y correlativa. Como cuestionarse sobre el sentido y se concatena acto seguido en el abismo, la angustia, la desesperación.
Kant tenía razón en parte. Hay algo en nosotros que condiciona la manera como conocemos el mundo, y ese algo, aparte de las categorías, pero sobre todo por encima de las categorías, es el lenguaje. No voy a llegar al extremo de Nietzsche de condenar al lenguaje como algo perverso. Más bien maravillarme de la capacidad del lenguaje de generar conceptos que, si bien proceden de la observación, como la existencia y el Ser, puesto que existo soy, la especulación sobre los mismos escapa a lo que percibimos a través de los sentidos.
Ahora que he llegado a una noción de Metafísica como conceptos generados por el lenguaje, quizás deba leer a autores que hayan especulado sobre el lenguaje. Como Wittgenstein, del que francamente sé poco.
De momento, y como siempre, no son más que especulaciones.
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