Metafísica en pareja

  

 

Son malos tiempos para la pareja. Por lo menos a partir de las medianas edades. Cada vez es mayor el número de personas solas y el mercado, en vez de mitigar el trauma de las rupturas y la pérdida para revertir la tendencia, se encarga de reafirmar la identidad del solitario. Desde el crecimiento personal y la autoayuda alimentan el temor a la persona tóxica. Más bien a lo tóxico en los demás. Porque, ¿quién no es dañino de un modo u otro? Se indica que la situación óptima es la de acostumbrarse a la propia soledad, a no depender de nadie.

Sin embargo, aún así el anhelo no desaparece. La búsqueda de amor, afecto, comprensión, cariño, se perpetúa. No es tan sencillo como negar e ignorar.

No es el propósito de esta emisión explicarte cómo deberías encontrar pareja, mantenerla, o desquitarte de ella. Como reza el título el propósito es hablar de ella en términos de metafísica.

Por ejemplo, comencemos con la espiritualidad. En general, los senderos de la espiritualidad son bastante individualistas. Se indica, se incita a la contradicción, de que aunque todos somos uno, somos partes de un todo, el camino para alcanzar ese Todo, llámesele Dios, Ser, Nirvana, Espíritu, universo, supraconsciencia, es netamente individual. Podremos contar con un maestro, un guía en ese periplo, incluso reflexionar y meditar en grupo, someternos a su movimiento oscilante y a su dictamen, pero el esfuerzo y el progreso son individuales. No nos fusionamos con el Ser supremo en grupo sino individualmente. No llegaremos a la paz interior, a la iluminación, en grupo sino nosotros solos. Y todo lo que nos aparte o nos distraiga respecto a esa senda, el deseo, las tentaciones, la pareja, la familia, ha de ser erradicado o apartado con el único propósito de alcanzar la iluminación.

Un libro como “El poder del ahora”, de Eckhart Tolle, incluso llega al extremo de despreciar la pareja como enfrentamiento de egos. Cierto que hay satisfacciones, puntuales, transitorias, físicas, emocionales. Pero mayormente el autor describe el encuentro entre dos seres como el desencuentro entre sus pasados, el ansia de transferir al otro los propios traumas, las angustias y desvelos devenidos de la arbitrariedad de la vida que se ha llevado, y los conflictos que surgen al no hallar la respuesta que se desea. Como he dicho, el objetivo del individuo ha de ser el desembarazarse de su propio ego, y la pareja, más que un apoyo, es un estorbo.

En definitiva, la pareja nos ata a este mundo. Mas, si quieren que sea sincero, no lo veo peyorativo, ni negativo. Al contrario. Un libro como “El poder del ahora” de Eckhart Tolle, resulta abominable. Parte de una premisa positiva como que a menudo el pasado, los recuerdos, las expectativas de cara al futuro, en definitiva, estar pensando en algo distinto del aquí y ahora, no nos deja actuar en consonancia y nos llena de sufrimiento. Pero he aquí que termina con un alegato por el cual debemos desgajarnos de nuestra individualidad para tender hacia Dios. En otras palabras, nos indica que reduzcamos aquello que nos impide residir en el aquí y ahora, pero a la vez nos invita a regodearnos en la posibilidad de una trascendencia futura y última. Cuando el aquí y ahora son nuestras relaciones, con el ser querido, con lo que nos rodea, con la familia, con la pareja. Repito que la pareja nos ata a este mundo, y ya habrá momentos para pensar en la trascendencia, pero ahora es el proyecto que construyamos con nuestros semejantes lo que preferiblemente debería ocuparnos. De acuerdo que puede conllevar sufrimientos y sinsabores en ocasiones. No obstante, es más sabio aprender a sobrellevar y a controlar, como señala Epicteto, la manera de reaccionar ante estas experiencias que sencillamente renunciar en pos de una quimera que no sabemos si es real.

Esta de la espiritualidad no es la única metafísica posible. Una segunda vertiente la podríamos obtener de la filosofía de Hegel. De nuevo nos encontramos con la figura de Dios, del Absoluto, que él denomina “Espíritu”. Pero, a diferencia de la mística, este Absoluto no es eterno, inmutable, inmanente, sino que el Espíritu evoluciona históricamente según la dialéctica de tesis, antítesis, síntesis. Dicho de otro modo, el Todo no es siempre el mismo, sino que progresa, cambia, siendo nosotros con nuestras acciones los agentes involuntarios de ese progreso. Quizás una persona por separado no pueda ejercer grandes cambios. Pero, en conjunto, como parte de los pueblos, provocamos revoluciones que permiten avanzar a la sociedad en pos de la libertad.

Las ideas de Hegel se han interpretado de múltiples maneras y bajo diferentes sesgos. Por ejemplo, una de las corrientes más arraigadas es aquella que identifica al Espíritu con el Estado. Es cierto que hay entidades mayores. El universo, el planeta, la naturaleza. Pero, como construcción humana, el Estado personifica lo más cercano al Espíritu global del pueblo. Además, la tendencia del Estado deriva hacia la obtención del poder absoluto. Profundizamos en la democracia, poseemos derechos. Pero, en última instancia, es el Estado el que ejerce el monopolio del poder en sus diversas variantes. Monopoliza la redacción de las leyes, la ejecución de las mismas, así como el uso de la fuerza bruta a través de los cuerpos de seguridad. Nadie que no sea el Estado está en disposición de tomarse la justicia por su cuenta.

La pregunta que me hago es si la moderna conspiración por el descrédito de instituciones como la familia, el matrimonio o la pareja, no será parte del progreso del Estado hacia el poder absoluto. Al fin y al cabo, la pareja, la familia, la comunidad, son submundos con maneras de funcionar que difieren de las del Estado. Fuera de casa el individuo tiene que someterse a las leyes, y debe acometer la función que se le asigna en el organigrama. Pero la existencia de una pareja, de relaciones interpersonales fuertes, provoca que lo que haya dentro de casa sea más importante que lo que queda fuera. La familia es lo primero. Frente a esta resistencia, el Estado podría esta respondiendo entrometiéndose en los conflictos interpersonales, a través de la tutela estatal de las relaciones de pareja, o potenciando la falacia de la independencia.

Ahora bien ¿cómo que falacia de la independencia? ¿Qué es eso? Pues tan sencillo como las mentiras del estilo sé tú mismo, se fuerte e independiente, aprende a vivir solo o sola, etc. Porque, no nos engañemos: vivimos en un mundo interconectado. Nuestra comodidad, nuestro estatus, nuestra supuesta independencia, dependen de conexiones con millones de seres que nos son desconocidos y que ejercen sus funciones en el organigrama. El agricultor cultiva la comida, el transportista la lleva, los supermercados nos la ofrecen en bandeja. Falla cualquier elemento en la cadena y nos morimos de hambre.

Resulta incongruente. Cuando nos hablan de ser independientes es con respecto a las relaciones íntimas, a las emociones, a los seres cercanos o que se nos puedan acercar. Bien podemos ser correctos engranajes de la maquinaria operando desde nuestros cubículos, trabajando sin descanso, cumpliendo con nuestro cometido, con una relativa independencia económica otorgada por el sistema, y no se nos pedirá nada más, sino seguir siendo solitarios y eludir problemas.

En definitivas cuentas, lo que realmente anda sucediendo es que con este individualismo irónicamente se reduce la distancia entre sujeto y Estado, convirtiéndose la persona meramente en un engranaje de su organigrama. Si esto fuera cierto, la pareja, entonces, podría verse como un acto de rebeldía, contestatario, de verdadera independencia, puesto que se crean lazos de solidaridad, de apoyo mutuo y colaboración diferentes y segregados de los del Espíritu.

Por último, como tercera vía metafísica, la filósofa Hannah Arendt, que en su día fue amante y discípula de Heidegger, se propuso el proyecto de una metafísica en pareja de acuerdo con las tesis de su maestro. Hasta donde sé pienso que se le olvidó pronto. Derivó hacia la reflexión moral y política, pienso que no siguió con su ocurrencia.

En todo caso, prosigamos con el desafío, ¿cómo podría sucederse una posible metafísica en pareja? Heidegger se preguntaba sobre el Ser, con mayúsculas. La condición de ser algo y no la nada. ¿Qué es el Ser? Los animales no cavilan sobre el Ser, el universo no entiende sobre el Ser. Son los observadores, aquellos que estudian y analizan la realidad, los que lucubran sobre el Ser. En cuanto el observador contempla lo que le rodea, en cuanto se hace consciente de su presencia en el mundo como ser consciente que contempla lo que le rodea, de ser alguien que estudia el medio y, conjunto con el medio, a sí mismo en dicho entorno, descubre el Ser como la constatación de su existencia en el lugar. Es la facultad de saber que se está en el mundo, es la consciencia de ser algo, que se sitúa en un territorio y lo transforma, frente a la posibilidad de no estar.

Como vemos, el Ser es una cuestión que no depende de la Física y no se expresa de manera física, sino en el intelecto. Tampoco depende de Dios. A diferencia de las otras dos vertientes que hemos visto hoy, no es necesario la recurrencia a un ente superior. Una de las maneras de llegar a la noción de Ser surge de la constatación de que tenemos un final. Es la realidad de la muerte, de nuestro término, la que nos hace conscientes de que somos. Si fuéramos eternos no habría diferencia entre un momento y otro, pero ante la realidad incontestable de la muerte, en contraste con el abismo de la nada, nos empujamos a corroborar que existimos y que somos.

Ahora señalar la hipótesis de que la persona, el individuo, el sujeto, no sería consciente de la muerte si no viviese en sociedad. Si desde que ha nacido hubiera vivido separado del resto, como amarrado y encerrado en un sótano, no sabría de aquello que nos alcanza a todos. Mira sus manos, se toca la cara, pero únicamente constataría la presencia de la muerte si la observa en los demás, si alguien le informa de ello. Por este motivo, recalcar una vez más la falacia de la independencia, del solipsismo. Si somos conscientes de que somos es porque hay una alteridad, las otras personas. Sabemos que van a morir y, como reflejo, nos muestra la evidencia de nuestra propia finitud y de nuestro propio ser. De acuerdo con esta noción, una metafísica en pareja se basaría en la compasión. Cuidado que compadecerse no es lo mismo que albergar pena y lástima, sino que se trataría de una compasión de tipo existencial. La persona amada va a morir y yo también voy a hacerlo. Compartimos la carga de la existencia.

Aunque a su vez esta compasión presenta una consecuencia inesperada. Al compadecernos no solo nos damos cuenta de que vamos a morir, sino que nos percatamos de nuestras limitaciones, físicas, culturales, psicológicas. También de las potencialidades, lo que tenemos en común, aquello en lo que podemos complementarnos, de que realmente no somos tan independientes como nos dicen, sino que necesitamos de la alteridad. Aparte que este sentido de la solidaridad, el luchar por la pareja, por la familia, por los vínculos construidos, diluye dicha consciencia del propio final. ¿Para qué pensar constantemente en la muerte, o en los dilemas de la existencia, si hay cuestiones más importantes como el esfuerzo por sacar la convivencia a flote? Este sería el verdadero aquí y ahora. Independientemente de si creemos en Dios o no, de si concebimos que hay un más allá o no, quizás el sentido no se encuentre en buscar el sentido, sino en concentrarnos en las relaciones que mantenemos en este momento. Porque por algún motivo estamos aquí.

El humanismo de Nietzsche señalaba que había que matar a Dios para que el ser humano recuperase el control sobre su vida. Pero igualmente habría que acabar con el nihilismo, con la creencia de que nada tiene sentido, para recobrar esa humanidad.

La frase a desterrar es: ¿para qué? ¿Para qué tener descendientes si todos van a terminar desapareciendo? ¿Para qué construir y desarrollar proyectos si acabarán siendo polvo? No somos más que sombra y ceniza. Pero, como respuesta, tenemos la compasión. Por los demás y por nosotros mismos. Darnos cuenta de que todo lo que somos lo somos en contraste, en connivencia y solidaridad, con los demás. No es cuestión de pensar en el futuro, sino de armonizar con esa pareja ahora, edificar esa historia conjunta en este instante. Concienciarnos de que no somos seres para la soledad y la separación, sino, como dijo Martin Buber, para el encuentro.

Ahora bien, todo esto dicho así resulta muy bonito. Pero, por supuesto, no faltan las complicaciones. Se vuelve cada vez más difícil. Hay personas, las menos, que directamente por naturaleza no pueden convivir con los demás, como los anacoretas, los ermitaños. Hay otras que, aunque ansíen compañía, por carácter, por eventualidades, no son capaces de mantener una pareja mucho tiempo. Es un quiero y no puedo. Existe un tercer tipo que, aunque se les da bien encontrar pareja, mejor que no la tengan porque agreden, maltratan, se han vuelto adictas a los celos y a la posesión, y en este caso se encuentra perfectamente justificado una intervención externa sobre dicha relación.

Conforme nos hacemos mayores acumulamos tragedias amorosas. La falta de fe nos lleva a alejarnos de la visión romántica que prevalece en la adolescencia y juventud, y a adoptar puntos de vista más racionales sobre hallar pareja. Como he escuchado últimamente de algunos autores de autoayuda, “nos relacionamos en pareja para solucionar problemas que no tendríamos de no vivir en pareja”. Hay una frase que señala que el conjunto es más que la suma de las partes. Pero también es menos porque el individuo posee fundamentos que se constriñen cuando se reside en grupo. Ejemplos como la capacidad crítica, las aficiones, la reflexión introspectiva, que limitamos para ser capaces de convivir en pareja. Y la tendencia en los últimos tiempos en apariencia es hablar sobre todo de ese “menos” y mitificarlo, y no tanto del más que habitar en conjunto ofrece. En otras palabras, se parla de que nos enfrascamos en pareja para resolver problemas que no tendríamos de no vivir en pareja, pero no tanto de que realmente esos problemas surgen de posibilidades, de otros estilos de vida, que no tendríamos de no vivir en pareja. Como la comprensión mutua, el cariño, el amor, la colaboración, la cercanía, la familia…

En cualquier caso, concluir que no albergo una respuesta clara. No puedo prometer que vayas a ser feliz, que vayas a encontrar a la persona ideal. Solo que hay razones por las que tener pareja merece la pena, porque te ata a este mundo, porque te confiere valor y significado más allá allá de ser una simple mercancía en manos del Estado, porque nos hace vivir en el presente, y nos confirma que no somos seres para la separación sino para el encuentro. Mas, ¿cómo se consigue? Quizás priorizando la compasión a la pasión, la compasión mutua, ser buenas personas para la alteridad y para nosotros mismos.

Pero claro que, y recuerden, todo esto no son más que especulaciones.







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